Inventio
Vol. 22, núm. 57, 2026
doi: https://doi.org/10.30973/inventio/2026.22.57/7

Del albergue a la cuartería: pérdida de la vivienda digna para jornaleros agrícolas migrantes en Atlatlahucan

From the shelter to the cuartería: the loss of decent housing for migrant farmworkers in Atlatlahucan

Adriana Saldaña Ramírez
orcid: 0000-0002-8858-7728, asaldana@uaem.mx
Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Estudios Regionales (cicser), Universidad Autónoma del Estado de Morelos (uaem)

Kim Sánchez Saldaña
orcid: 0000-0002-5722-7324, antropkim@uaem.mx
Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Estudios Regionales (cicser), Universidad Autónoma del Estado de Morelos (uaem)

resumen

El artículo analiza los servicios y las condiciones de vivienda disponibles para los jornaleros migrantes que llegan a Atlatlahucan, Morelos, para la cosecha de hortalizas. Allí, la vivienda evidencia un retroceso en la atención social hacia esta población, cuya presencia es fundamental para la economía regional y estatal. Esta información se recopiló durante diversas temporadas de trabajo de campo realizadas por las autoras entre 2003 y 2025, y se complementa con encuestas aplicadas en 2003-2005 y 2015. Con un enfoque antropológico, la investigación se basó en entrevistas con trabajadores y productores, incluyendo el trabajo de campo en los lugares de contratación, las cuarterías, el albergue y los campos de cultivo.

palabras clave

migración jornalera agrícola, mercados de trabajo rural, política social, economía regional

abstract

The article analyzes the services and living conditions available to migrant day laborers who come to Atlatlahucan, Morelos, for the vegetable harvest. There, housing reflect a decline in social support for this population, whose presence is essential to the regional and state economies. This information was gathered during various periods of fieldwork conducted by the authors between 2003 and 2025, supplemented by surveys administered in 2003-2005 and 2015. Taking an anthropological approach, the research was based on interviews with workers and producers, including fieldwork at hiring sites, the cuarterías, the shelter, and the farm fields.

key words

agricultural day labor migration, rural labor markets, social policy, regional economy



Recepción: 03/10/25. Aceptación: 26/01/26. Publicación: 14/10/26.



Introducción

Cada año, la localidad de Atlatlahucan, Morelos, se convierte en un punto de encuentro para la población jornalera agrícola, tanto migrante como local, que labora en los campos de los Altos de Morelos y del sureste del estado de México. Esta afluencia se concentra principalmente durante la temporada primavera-verano, cuando la demanda de mano de obra se intensifica.

Los trabajadores, en su mayoría hombres de distintas edades, llegan en grupos que incluyen a familiares (hijos, sobrinos, primos), paisanos y amigos (figura 1). Se contratan para diversas tareas, entre las cuales la más común es la cosecha en cultivos como el pepino, tomate y jitomate (figura 2). Estos productos, desarrollados por productores de pequeña escala, se distribuyen a través de mercados clave, como la Central de Abasto de la Ciudad de México, además de otros puntos de venta en Puebla, Querétaro, Cuernavaca e incluso Sinaloa.

La llegada de esta población genera beneficios económicos significativos para la zona, que van más allá del valor de la producción de hortalizas. Esto se debe a la demanda de servicios de alimentación, los cuales son cubiertos por negocios locales que ofrecen desde tacos, café y atole por las mañanas hasta comidas completas al mediodía, que son consumidas al inicio y al término de la jornada laboral. De manera similar, los trabajadores requieren vivienda, que se les ha ofrecido de dos maneras:

  1. A través del alquiler de habitaciones, a menudo en las llamadas cuarterías, que presentan condiciones deficientes.
  2. En el albergue que fue construido por el antiguo Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (paja) de la extinta Secretaría de Desarrollo Social (sedesol), que actualmente se encuentra cerrado.

Este artículo se enfoca en analizar los servicios y las condiciones de estas opciones de vivienda para los trabajadores. La información se ha recopilado a lo largo de diversas temporadas de trabajo de campo realizadas por las autoras entre 2003 y 2025. Complementamos esta investigación con encuestas aplicadas en 2003, 2004, 2005 y 2015.1 Con un enfoque antropológico, esta investigación se basó en métodos cualitativos, incluyendo el trabajo de campo en los lugares de contratación, las cuarterías, el albergue y los campos de cultivo, además de entrevistas en profundidad con trabajadores y productores.

Figura 1
Grupo de jornaleros migrantes en Atlatlahucan, Morelos

Fuente: elaboración propia.

Figura 2
Producción de jitomate en los Altos de Morelos

Fuente: elaboración propia.

Características del mercado de trabajo

La región de los Altos de Morelos, que abarca los municipios de Atlatlahucan, Totolapan, Tlayacapan y Yecapixtla, es un centro de producción de hortalizas, como jitomate, tomate y pepino. Esta actividad se extiende al sureste del estado de México, lo cual crea un dinámico mercado laboral agrícola interestatal.

La producción hortícola en esta zona es significativa. En Morelos se registran 3,370.7 hectáreas sembradas, que generan una producción anual de 110,838.3 toneladas, con un valor de $665,785 pesos (Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera [siap], 2024). Las cifras representan porcentajes importantes en la producción de estas hortalizas en Morelos. De hecho, una tercera parte de los jitomates producidos en el estado es cultivada en los Altos de Morelos, mientras que más de dos terceras partes de los tomates verdes también se siembran en esta región.

Este volumen de hortalizas frescas depende básicamente de un sistema de producción en pequeña escala, especialización que los productores han mantenido por generaciones desde la década de 1960. Esta actividad fomentó un mercado de trabajo estacional concentrado en las cosechas (de agosto a octubre) que atrae principalmente a jornaleros agrícolas migrantes.

Los trabajadores, provenientes de Guerrero y Oaxaca, así como de otros municipios morelenses, se congregan en puntos clave de la región. Durante el trabajo de campo se han identificado dos centros de contratación principales: Atlatlahucan, que atrae a hombres, y Totolapan, que recibe a familias enteras. Este análisis se centra en el primero.

La jornada laboral de estos jornaleros comienza frente a la Unidad Deportiva Luis Donaldo Colosio en Atlatlahucan. Allí, esperan desde la medianoche hasta las siete de la mañana para ser contratados por productores de diversas localidades de Morelos (Atlatlahucan, Totolapan, Tepoztlán y Cuernavaca), así como por vecinos de Nepantla y Atlautla, en el estado de México. La contratación es un proceso directo: los trabajadores se acercan a las camionetas de los productores, negocian verbalmente el salario y las tareas a realizar y luego son transportados a los campos.

Una característica distintiva de este mercado de trabajo es la ausencia de intermediarios laborales. La contratación es diaria, lo que permite a los jornaleros trabajar con diferentes productores a lo largo de la semana, pero también aumenta el riesgo de quedarse sin empleo por uno o más días.

El salario en esta región suele ser más elevado que en otras zonas agrícolas de Morelos y del país. En septiembre de 2025, por ejemplo, la jornada se pagaba a $550 pesos. Sin embargo, esta cifra fluctúa a lo largo de la temporada, dependiendo de la oferta y la demanda de mano de obra. A pesar de los salarios relativamente altos, la incertidumbre de no ser contratado a diario es una constante en la vida de estos trabajadores.

La mayoría de los jornaleros son migrantes temporales que provienen de pequeñas comunidades indígenas de Guerrero (nahuas, mixtecas y tlapanecas) y Oaxaca (mixtecas). También hay morelenses de bajos recursos que se desplazan diariamente desde sus municipios en busca de empleo. El flujo migratorio es de larga data, con evidencia de que abarca dos o tres generaciones. En 2003, la Coordinación Estatal del paja estimó que la región de los Altos, con Atlatlahucan como su principal punto de contratación, recibía cerca de dos mil personas.

Dado que no existe un registro exhaustivo, los datos provienen de programas gubernamentales, como el Subprograma de Movilidad Laboral Interna (sumli), gestionado por el Servicio Nacional de Empleo (sne) de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social (stps),2 así como de nuestra propia investigación de campo:

La mayoría de estos migrantes son hablantes de mixteco, con dos o más variantes dialectales, y hay un segundo grupo significativo de hablantes de tlapaneco. Los datos demuestran que la población trabajadora es predominantemente joven, con una edad promedio de veintinueve años o menos.

Nuestras investigaciones de campo confirman este perfil migratorio y la continuidad de Atlatlahucan como polo de atracción estacional. Es importante remarcar este hecho, ya que en años recientes se han construido algunos invernaderos y otras modalidades de agricultura protegida cuyas cosechas no obedecen a este ciclo estacional y demandan mano de obra permanente todo el año. La situación ha generado la percepción de que este cambio tecnológico ha llevado a una marcada tendencia a la disminución de la migración jornalera. Sin embargo, los registros del Anuario Agrícola de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (sader) (siap, 2024) matizan esta afirmación: apenas un poco más de la décima parte de la superficie cultivada de jitomate en los Altos de Morelos se realiza bajo invernadero o malla-sombra.3 Esto significa que la mayoría de los productores siembran a campo abierto y, por lo tanto, requieren de trabajadores estacionales.

Figura 3
Albergue de Jornaleros Agrícolas de Atlatlahucan

Fuente: elaboración propia.

Figura 4
Dormitorios de literas en Atlatlahucan

Fuente: elaboración propia.

Vivienda para población jornalera migrante

En la localidad de Atlatlahucan, la población de trabajadores agrícolas temporales ha tenido dos opciones principales para conseguir alojamiento: las cuarterías y un albergue construido para ellos.

Albergue de Jornaleros Agrícolas de Atlatlahucan
El Albergue de Jornaleros Agrícolas de Atlatlahucan fue construido entre 1992 y 19964 por el paja de la sedesol para alojar a 240 personas.5 Aunque en sus inicios los jornaleros se mostraban renuentes a alojarse ahí debido a su ubicación apartada del punto de contratación, pronto reconocieron la ventaja de los servicios que ofrecía. Para hospedarse, sólo se necesitaba una identificación y una cuota mínima; a cambio, la limpieza era responsabilidad de los propios trabajadores, quienes debían organizarse por turnos. La casi total gratuidad resultó atractiva y conveniente para jornaleros que no tenían asegurado el trabajo diario. Si bien el albergue se ubica a las orillas de la localidad de Atlatlahucan, por muchos años representó una opción para aquellos que no deseaban alojarse en las cuarterías (Sánchez Saldaña, 2008) (figura 3 y 4).

Desde su apertura hasta 2011, el albergue fue más que un simple refugio. Se convirtió en un centro de apoyo integral donde se ofrecían servicios sociales y de capacitación. Los trabajadores podían tomar cursos de carpintería y electricidad, impartidos con el apoyo del sne-Morelos; recibir atención médica en ferias de la salud, a través de los Servicios de Salud de Morelos (ssm), así como acceder a un comedor que servía alimentos por una módica cantidad. El gobierno municipal aportaba personal y servicios públicos. El edificio funcionaba bajo un reglamento estricto que prohibía, por ejemplo, el consumo de sustancias ilícitas, y su mantenimiento era una responsabilidad compartida entre el personal y los propios residentes.

El albergue incluso promovió el bienestar y la recreación: en 2005, celebró su décimo aniversario con un campeonato de baloncesto disputado por equipos formados por jóvenes trabajadores que jugaban después de su jornada laboral (figura 5). Un año después, en 2006, fue reconocido y certificado como Albergue Promotor de la Salud, un logro gestionado por los ssm.6

Sin embargo, el albergue enfrentó un periodo de abandono entre 2011 y 2013, cuando el paja dejó de administrarlo. Durante este tiempo fue ocupado por una persona que vendía a los jornaleros comida en mal estado y se apoderaba del mobiliario, hasta que fue expulsada por las autoridades municipales.

A partir de 2013, el gobierno municipal lo reabrió, aunque con un presupuesto limitado y menos programas sociales. A pesar de ello, se lograron mejoras esenciales en la infraestructura: en 2013, el paja proporcionó fondos para el mantenimiento de los baños, plomería e instalación de drenaje; en 2014, el mismo programa destinó recursos para la instalación eléctrica, y las autoridades municipales se encargaron de la pintura del edificio (Sánchez Saldaña et al., 2015). Estas mejoras fueron reconocidas cuando la sedesol de Guerrero distinguió al albergue por su buen estado.

Con el tiempo, las circunstancias externas afectaron el uso del lugar, ya que el paja cerró sus operaciones en 2018.7 Las autoridades municipales de Atlatlahucan quedaron como responsables del inmueble, pero sin brindar atención. En 2020, en el contexto de la pandemia por covid-19, fue designado como espacio de emergencia municipal, lo que impidió su uso por parte de los jornaleros. Finalmente, para 2024, el edificio fue ocupado por la Guardia Nacional y el Ejército, mientras las autoridades municipales se limitaban a proveer servicios de mantenimiento y limpieza.

Las cuarterías: una alternativa con carencias
Las cuarterías son pequeñas habitaciones que se construyen en los patios de las casas de la localidad y se alquilan a grupos de trabajadores. Generalmente carecen de muebles y los baños son de uso común para todos los inquilinos del predio.

En 2015, el alquiler era de $60 pesos y en 2021 los precios variaban entre $120 y $150 pesos por semana. Hoy el costo asciende hasta $300 pesos semanales, según reportan los jornaleros. En algunos de estos espacios, los trabajadores sólo pueden acceder para dormir, lo que los obliga a pasar el día afuera. Además del alquiler, en ocasiones deben pagar aparte por servicios esenciales, como el agua y la luz.

En 2015, una entrevista reveló que las cuarterías eran preferidas por los jornaleros más jóvenes, ya que sus mayores oportunidades de contratación les permitían asumir el costo. En contraste, el albergue era más utilizado por los trabajadores mayores mientras estuvo funcionando.

Figura 5
Torneo de baloncesto con equipos integrados por jornaleros jóvenes

Fuente: elaboración propia.

Consecuencias de la reducción de servicios de vivienda para los trabajadores

El cierre del albergue ha afectado seriamente a los jornaleros, limitando sus opciones de vivienda a las cuarterías, que se encuentran dispersas por la localidad. Estas viviendas, además de ser más caras, ofrecen peores condiciones. La situación es particularmente difícil para los trabajadores que, como ya se mencionó, tienen una alta tasa de desempleo diaria.

Además, con el cierre no sólo se eliminó una opción de vivienda asequible, sino que también significó la reducción de la atención integral que antes se ofrecía. En el albergue, los jornaleros no sólo contaban con alojamiento, sino que también accedían a servicios de salud, educación para adultos, talleres de autoempleo y actividades recreativas. No obstante, cabe señalar que, incluso antes de su clausura, los recursos asignados al inmueble ya habían comenzado a disminuir de manera notoria. Como se mencionó anteriormente, en 2013, el paja dejó de ser responsable de su administración. A partir de entonces, su papel se limitó a brindar apoyos puntuales al Ayuntamiento de Atlatlahucan para el mantenimiento básico de la infraestructura. Este debilitamiento institucional fue el reflejo de una decisión de orden federal orientada a reducir la atención a la población jornalera, tendencia que se agudizó durante los gobiernos de Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto.8

Ahora, al estar más dispersos, los jornaleros se han vuelto más invisibles para las instituciones. Ya no existe un registro de esta población ni se llevan a cabo acciones sociales para su beneficio.9 Esto puede agravar otros problemas, como el aumento en el consumo de alcohol y drogas, así como una mayor exposición a la inseguridad. El albergue era un espacio controlado y vigilado por las autoridades locales y promotores sociales. Se monitoreaba y evitaba el consumo de sustancias, se aplicaba un horario de cierre y se restringía el acceso a personas ajenas. Además de ser accesible económicamente, ofrecía una alimentación de calidad y espacios para el ocio, lo que contribuía al bienestar de los trabajadores (Sánchez Saldaña et al., 2015; Sánchez Saldaña y Saldaña Ramírez, 2021).

Conclusiones

Cada año, Atlatlahucan se convierte en un punto de referencia para una fuerza laboral itinerante, que es esencial para la cosecha de hortalizas. Es más: los productores de jitomate, pepino y tomate verde no podrían cosechar ni vender sus productos si no contasen con este apoyo. Estos trabajadores, en su mayoría hombres jóvenes provenientes de comunidades indígenas de Guerrero y Oaxaca, sostienen una red de distribución de productos frescos que abarca varios estados del centro del país. Sería justo que productores, comunidades y organismos de gobierno favorecieran el acceso a mejores condiciones de trabajo y de vida, dado su aporte fundamental a la economía regional y estatal.

Sin embargo, la historia de la vivienda para jornaleros en Atlatlahucan es un reflejo del retroceso en la atención social. Mientras el Albergue de Jornaleros Agrícolas, operado desde 1996, ofrecía no sólo un techo asequible sino también servicios integrales, su cierre ha dejado un vacío en este sentido. A pesar de los esfuerzos intermitentes por reabrirlo, hoy el edificio ha sido tomado para otros usos, lo que demuestra la pérdida de un recurso significativo para la población jornalera.

En su lugar, los trabajadores dependen ahora de las cuarterías, su única opción disponible. Aquí se ha subrayado cómo estas viviendas son más costosas que el antiguo albergue y ofrecen condiciones precarias: no tienen muebles, los baños son compartidos y a menudo no se permite a los inquilinos permanecer en el lugar durante el día. Esta situación ha llevado a que los jornaleros no sólo gasten más por una menor calidad de vida, sino que también se enfrenten a un mayor riesgo de inseguridad.

El cierre del albergue no sólo es un problema de vivienda, son también de invisibilización. Al estar dispersos en las cuarterías, estos trabajadores ya no son parte de un registro oficial ni reciben los servicios gubernamentales a los que antes tenían acceso.

En conclusión, la reducción de los servicios de vivienda en Atlatlahucan ha generado una crisis de alojamiento y atención social para la población jornalera. Lo que una vez fue un espacio integral de apoyo se ha convertido en una serie de cuartos dispersos y deficientes, lo que pone de manifiesto la necesidad urgente de replantear políticas que garanticen vivienda digna y servicios básicos para esta población, que es fundamental para la economía de la región y del estado.

Agradecimientos

Este artículo fue elaborado en el marco del proyecto Vivienda y precariedad en el campo: diagnóstico de las condiciones habitacionales de personas jornaleras agrícolas en Morelos (pee-2025-g-913), patrocinado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (secihti).



Notas

1 Las encuestas fueron aplicadas a la población alojada en el Albergue de Jornaleros Agrícolas de Atlatlahucan, como parte del proyecto de investigación Agricultura y Migración Laboral en Morelos de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (uaem), dirigido por Kim Sánchez Saldaña.

2 El subprograma es una política de empleo que, hasta hace unos años, ofrecía apoyos económicos para la movilidad laboral de las personas desempleadas en sus lugares de origen. Para administrar estos recursos, la stps realizaba un registro parcial de los trabajadores. Actualmente, el subprograma ya no otorga recursos económicos ni tiene presencia en la región de interés.

3 El Anuario Estadístico de Producción Agrícola (siap, 2024) indica que, en 2021, se sembró en la región un total de 1,355 hectáreas de jitomate. De esta superficie sólo 162 hectáreas, equivalentes al 12%, se registraron bajo modalidades de agricultura protegida, mientras el resto correspondió a cultivos a cielo abierto.

4 Este albergue se encuentra en un terreno de 3,412.50 m2, de los cuales la superficie construida abarca 2,100 m2. Su construcción inició en octubre de 1992 y se terminó en junio de 1996.

5 Este programa social inició en 1990 bajo el nombre de Programa Nacional de Solidaridad con Jornaleros Agrícolas (pronasjag), y cambió su denominación a paja a partir de 2001.

6 Se trata de un reconocimiento formal otorgado a la administración del albergue por los ssm. Se concede tras validar que el espacio cumple con infraestructura adecuada, condiciones de saneamiento básico y programas de promoción de la salud. Los ssm apoyan previamente en la gestión de recursos necesarios para su validación.

7 De hecho, la sedesol cambió a la Secretaría de Bienestar (bienestar), con otras funciones y prioridades.

8 Diversos diagnósticos coinciden en que la política social dirigida a la población jornalera a nivel nacional ha seguido dos tendencias críticas: primero, una reducción de la población atendida debido a la insuficiencia presupuestaria, de recursos humanos y de capacidad operativa; y segundo, la concentración de los escasos recursos restantes en regiones dominadas por grandes productores, donde el paja llegó a financiar incluso albergues privados (Castañeda et al., 2016; Comisión Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social [coneval], 2020; Sánchez Saldaña y Saldaña Ramírez, 2021).

9 Pese a las dificultades y limitaciones del paja señaladas anteriormente, este programa permitía mantener un registro de la población jornalera migrante y de los beneficiarios de programas específicos. En la actualidad, este seguimiento se realiza de manera parcial a través de los ssm, particularmente mediante el componente de Promoción de la Salud, cuya atención se centra en los albergues cañeros y otros establecimientos de carácter particular.



Referencias

Castañeda, N., Cruckshank, S., Guercke, L. y Verduzco, M. I. (2016). Diagnóstico sobre la situación de las políticas públicas y la legislación para personas jornaleras agrícolas migrantes en México. cecig. https://cecig.org.mx/wp-content/uploads/2024/10/Politicas_publicas_jornaleros_agricolas_CECIG_2016_11_15.pdf

Comisión Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (2020). Incidencia del Programa de Atención a Jornaleros Agrícolas (paja). Estudio exploratorio con enfoque cualitativo. coneval. https://www.coneval.org.mx/InformesPublicaciones/Paginas/Mosaicos/Incidencia_PAJA.aspx

Sánchez Saldaña, K. y Saldaña Ramírez, A. (2021). Albergue de Jornaleros Agrícolas en Morelos. Un espacio de intercambio y reconocimiento. Revista de Ciencias Sociales, 34(49), 117-137. https://doi.org/10.26489/rvs.v34i49.5

Sánchez Saldaña, K. (2008). El Albergue de Atlatlahucan, Morelos. Perfiles y trayectorias de los jornaleros migrantes. En P. Castro Domingo (ed.), Dilemas de la migración en la sociedad postindustrial (pp. 39-64). Miguel Ángel Porrúa/uam-i/uaem/conacyt.

Sánchez Saldaña, K. y Saldaña Ramírez, A. (2018). Morelos como destino y origen de trabajadores migrantes (2010-2014). cicser-uaem. https://libroscicser.uaem.mx/index.php/editorialcicser/catalog/book/21

Sánchez Saldaña, K., Saldaña Ramírez, A. y Adame, J. M. (2015). Informe Técnico de Investigación: El Albergue de Jornaleros Agrícolas Migrantes de Atlatlahucan, Morelos. uaem.

Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (2024). Anuario Estadístico de Producción Agrícola. https://nube.agricultura.gob.mx/cierre_agricola/