Dilemas de ser hombre en un mundo condicionado por el patriarcado

Dilemas de ser hombre en un mundo condicionado por el patriarcado

Francisco Sandoval

Profesor e investigador, Facultad de Estudios Superiores de Cuautla (FESC), UAEM

Las feministas han reivindicado a las mujeres, sus derechos y potencialidades, toda vez que el patriarcado como sistema sexogenérico las excluye, invisibiliza y somete. Estos son algunos problemas de ser mujer en un mundo condicionado por los hombres, en un sistema sexogenérico que sin embargo oprime por igual a mujeres y hombres, el del patriarcado moderno, en el que solo se es en la medida en que se tiene la capacidad de negar al otro, al otro que no soy yo. En la ausencia del alter ego se vive en un mundo de soledad y sin sentido.

En esta trampa del patriarcado, del sistemasexogenérico en el que se vive, tanto hombres como mujeres viven en cautiverio,1 cautivos de no ser lo que son y de no poder ser en el otro; en el negarse al negar al otro, al no reconocerse en el otro y reconocerse en las formas maniqueas que la sociedad les impone como sus actores; cautivos en el consumo de bienes que no son tales, sino mercancías a las cuales el ser mismo se reduce.

Rosario Castellanos fue una feminista que no se reconoció como tal ni negó a los hombres concretos con los que convivió, así como tampoco negó lo difícil de ser humano en una sociedad que deshumaniza. Por el contrario, convivió con hombres a los que enamoró, de los que se enamoró y a los cuales transformó medianamente en otros hombres.

Esa es justamente la tarea que, desde el Laboratorio de Masculinidades, se busca emprender: que los hombres concretos emprendamos acciones a fin de vivir nuestra masculinidad desde la periferia del patriarcado, desde su exterioridad, desde el no reconocerse en una masculinidad que nos reduce a productores y consumidores de bienes, y que nos hace reducir a las mujeres a mercancías, objetos, bienes.

El Laboratorio de Masculinidades se desarrolla al reflexionar críticamente acerca del lugar que ocupan los hombres y las mujeres en diferentes contextos de nuestra sociedad, hombres y mujeres concretos que viven cautivos su masculinidad o su feminidad, los cuales, en la medida que ejercen su individualidad mediante esta masculinidad alienante, cosifican a las mujeres, al mismo tiempo que se reducen a sí mismos a sujetos desprovistos de humanidad. La masculinidad que los hombres concretos viven, en mayor o menor medida, es una masculinidad que los obliga a devorar mujeres, como el Minotauro.

El feminismo, como postura ético-política, abrió una puerta por la cual se puede transitar a ser otro, ese otro en el que uno se quiere convertir; porque, como argumentó Zygmunt Bauman, se valora lo que se quiere y se quiere lo que se quiere ser.2 No es un juego de palabras; es la posibilidad de construirse a sí mismo mediante la voluntad de poder, de poder ser.

En este sentido, se debe buscar formar una sociedad con equidad de género como un compromiso de hombres y de mujeres; sin negar al otro que es hombre o a la otra que es mujer, sin hacer del otro género, en la búsqueda de una sociedad equitativa, el enemigo. Por el contrario: reencontrarnos en la tarea de escribir una historia diferente, una historia a contrapelo; encontrarse con ese alter ego que es el otro, el otro que soy yo, el yo que es mi otro.

En esta breve reflexión se hará referencia a cuatro ejes de análisis de las masculinidades concretas, a partir de las reflexiones antropológicas de Maurice Godelier sobre las tribus anga del Pacífico polinesio; de las reflexiones sobre los arquetipos de masculinidades, de los desiderata de las masculinidades y de las representaciones sociales de las masculinidades en las sociedades contemporáneas. Desde luego, se bordeará el problema de la subsunción en la que se vive la masculinidad y la feminidad concreta en la sociedad patriarcal.

Si los baruya son salvajes…

Maurice Godelier estudió la formación de grandes hombres entre los baruya, tribu de Nueva Guinea, cuyos integrantes no habían visto a un hombre occidental hasta 1951, por lo que la estructura de su sociedad había permanecido fuera del ámbito de influencia europeo. En otras palabras, las formas de opresión y exclusión que se vivían entre los miembros de esta tribu anga no habían sido impuestas por la cultura occidental.

Incluso en el sistema de opresión de los baruya, a diferencia del occidental, el poder y la riqueza no están asociados entre sí, es decir, el poder no da riqueza ni a la inversa. Actualmente, los baruya se han vuelto mundialmente famosos debido a la difusión del documental de National Geographic titulado Los hombres cocodrilo, en el que se puede observar cómo los jóvenes son “iniciados como hombres”, en un proceso de transmutación por el sacrificio y el dolor.

Godelier, a diferencia de National Geographic, documentó cómo en estos rituales de iniciación los jóvenes son convertidos en hombres mediante un pacto único, general y no secreto, que es la opresión de las mujeres. No es la sangre derramada el foco de atención, en el relato de Godelier, sino la exclusión de las mujeres de todo el ritual y el pacto entre los hombres por mantenerlas excluidas y oprimidas.

A las mujeres no se les permite representar el mito de la creación del cosmos de los baruya, entrar en la casa ceremonial ni participar en las ceremonias. Están excluidas, borradas, negadas, “desexistenciadas”, anuladas; no intervienen en el papel de asistentes, ni siquiera para auxiliar a los hombres iniciados, sino que son los propios hombres quienes asisten a sus pupilos.

Por ello, Godelier señaló que si los baruya son salvajes por tratar a las mujeres de esta forma, entonces todos los hombres (como género) somos salvajes porque en todas las sociedades concretas los hombres oprimen a las mujeres, las niegan, las cosifican. Compartimos, al igual que los baruya, un mismo pacto: la opresión de las mujeres por los hombres.

Esta opresión de lo femenino no es monopolio masculino, pues ha permeado lo sociocultural y las mujeres reproducen también esta visión androcéntrica del poder patriarcal. En nuestra sociedad podemos encontrar miles de ejemplos en los cuales las mujeres enseñan a las niñas a obedecer a los hombres y reproducir los roles de género.3

Al igual que en nuestra sociedad, en la que se enseña cotidianamente a los jóvenes el sometimiento de las mujeres, los baruya inician a los jóvenes de la suya en el mito fundacional del pacto patriarcal. Durante sus ritos, a los baruya, “en resumen les recuerda las normas de la política y de la ética baruya, las hazañas de su historia, amenazándolos con los peores castigos —con la muerte— si se les ocurriese la insensatez de revelar a las mujeres lo que han visto, oído o sufrido en el curso de su iniciación”.4

Así, en el compromiso de transformar nuestra sociedad en una más equitativa se haya implícita la idea de que hombres y mujeres deben participar en aquel por igual. Esta no es tarea única de las mujeres ni propia de los hombres; es un punto de encuentro, de diálogo crítico de hombres con mujeres, de mujeres entre mujeres y de hombres entre sí. En la tarea de deconstruir el andamiaje social que mantiene en cautiverio a las mujeres y a los hombres, esta no es monopolio femenino o labor titánica masculina; al contrario, es tarea en la que ambos géneros comparten un compromiso común.

Desideratum y habitus masculinos

En la vida cotidiana se expresa la diversidad humana en que las personas se relacionan, viven y conviven; en ella se presentan las situaciones vitales, concretas y subjetivas que viven las personas. En la cotidianidad, estas se relacionan en espacio/ tiempo histórico determinado, es decir, en un contexto sociohistórico y cultural determinado por condiciones ajenas a su voluntad individual.

Marx, en El Dieciocho Brumario, nos advierte: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado”.5 Si bien Marx se refiere aquí a “los hombres” como especie humana, en la vida cotidiana los hombres, como género, nos relacionamos desde una masculinidad preconstruida por siglos de historia patriarcal y por el conjunto de culturas que se sintetiza en la cultura occidental que ha sido impuesta en nuestra sociedad.

Los hombres concretos, estos que somos, en muchos sentidos están conformes con los mandatos culturales y los obedecen, las más de las veces de forma acrítica. Así, las acciones en la vida cotidiana se caracterizan en su mayoría por ser involuntarias e inconscientes, por lo que en las situaciones vitales, concretas y subjetivas, los actos se ejercen sin la mediación del pensamiento reflexivo y crítico. En este sentido, las personas actúan conforme a esquemas, modelos y estructuras que preceden y anticipan sus actos. Estos han sido definidos detalladamente por Cazés y Bordieu como desiderata y habitus, respectivamente.

El desiderata ha de entenderse como el deseo social de que una persona se comporte de una forma y no de otra. En este desiderata se muestra con claridad a los integrantes de una cultura, de forma explícita e implícita, la distribución del poder y el conocimiento. De esta manera, el desiderata se constituye en los andamiajes estructurales de las relaciones sociales, y por lo mismo, en la forma de control psicosocial y psicocultural de las personas.

En la vida cotidiana de las personas, los actos se enmarcan dentro del desiderata, toda vez que se obedecen y se conforman con las pautas sociales. El desiderata se reproduce mediante las acciones con las cuales incluso las personas podrían estar en desacuerdo. Pese a que el desiderata es la síntesis de una herencia histórica, por lo cual es una imposición social sobre el individuo, “cada sociedad logra que los individuos lo hagan suyo como deseo y como impulso”.6

Por otra parte, el habitus también se erige como sistema de disposiciones en vista de la práctica; se presenta como la base objetivante de las acciones regulares, es decir, de la regularidad de las conductas. Las acciones concretas que se expresan en prácticas encuentran en el habitus, “esa especie de sentido práctico de lo que hay que hacer en una situación determinada”.7

Al igual que el desiderata, el habitus es un concepto que permite conocer el sentido práctico de la acción, que se caracteriza por ser acrítica e irreflexiva; es el punto de vista práctico del agente que actúa. El habitus, “en efecto, expresa ante todo el resultado de una acción organizadora que reviste, por lo mismo, un sentido muy próximo al de términos como estructura; además designa una manera de ser, una propensión o una inclinación”.8

En las reflexiones del Laboratorio de Masculinidades se ha cuestionado por qué los hombres deben cumplir mandatos que aumentan el riesgo individualy colectivo; que incrementan la violencia y la agresión; que abonan a la exclusión y la negación,sin que se pueda dar a estas cuestiones una respuesta concreta. Los hombres concretos cumplen estos mandatos socioculturales de fortaleza, sabiduría, autonomía económica, vigor sexual, creatividad, racionalidad, sin cuestionarse alguna vez si estas prácticas son las que se quieren vivir.

Los hombres nos relacionamos en la sociedad patriarcal, de forma acrítica, de acuerdo con estos modelos de masculinidad, al mismo tiempo que pedimos a las mujeres desempeñar los suyos de la misma forma. En el desiderata femenino, el ser madre es un mandato que los hombres elogiamos, como demanda y como imposición. Al mismo tiempo, pensamos la paternidad como parte del desiderata masculino; pero una paternidad que no es una “deuda con la naturaleza y con la sociedad”,9 como la de las mujeres al convertirse en madres, sino un mandato para convertirse en un “gran hombre”.

Los hombres reproducimos e idealizamos los cautiverios femeninos —los de lo femenino que es oprimido por lo masculino— en nuestro discurso y actos cotidianos, sin reflexionar cómo abonamos a ello. Así, los hombres concretos se convierten en opresores de forma crítica e irreflexiva. Pero en este acto de opresión, los mismos hombres se convierten en cautivos del cautiverio que imponen a las mujeres, de acuerdo con los estereotipos del sistema sexogénero del patriarcado. En este laberinto, los hombres deben reflexionar sobre sus actos a fin de evitar la reproducción de relaciones sexogenéricas excluyentes.

Los seres se perciben por sus aspectos vividos

Las personas concretas vivimos en condiciones históricas que no escogimos, sino que nos anteceden y, por lo mismo, condicionan nuestra existencia aun antes del nacimiento. La teoría de las representaciones sociales es una crítica simultánea del reduccionismo individualista, así como del supuesto colectivista totalizante. Esta teoría reconoce un infinito ascendente y otro descendente, en el que las personas interactúan en contextos históricos concretos.

En Moscovici se abordan los procesos irreductibles e indivisibles de la historia individual y colectiva de la que cada persona es una síntesis compleja. Bajo esta visión, el sujeto social actúa: produce su historia y reproduce su cultura, acto que posibilita la transformación y la continuidad de las estructuras sociales. Cada actor social tiene el potencial de transformar su cultura, pero dicha cultura lo modela y se reproduce.

En este sentido, el ser hombre o mujer, el vivir como tales dentro de la cultura mexicana, no es una decisión individual, como tampoco lo es tener que reproducirla. Las más de las veces las personas actúan dentro de límites estructurales que dirigen sus acciones. Toda vez que la representaciones sociales se construyen estando inmersos en una cultura (desiderata, habitus), esta no corresponde del todo a una estructura psicológica ni cognitiva individual.

En el Laboratorio de Masculinidades se ha reflexionado en torno al hecho de que la masculinidad de los hombres que ahí participamos se relaciona estrechamente con el contexto cultural y social en que nos desenvolvemos. Cada hombre ha sido inducido a vivir alguna de las posibles masculinidades que se pueden vivir dentro del patriarcado.

En este sentido, las representaciones sociales no constituyen la realidad social; más bien son una aproximación, una idea consensual de lo que es dicha realidad. Así, la masculinidad que vive cada hombre en el patriarcado no es la única ni la real, sino la forma concreta en que cada uno representa el papel cultural de un gran hombre.

De este modo, se entiende por representación social cualquier contenido ideático10 que dé sentido a cualquier acción de las personas en la vida cotidiana. Ser hombre implica representar el contenido ideático de la masculinidad en el patriarcado; cada una de las masculinidades que los hombres concretos representa tienden a la aproximación a ese ideal de lo masculino patriarcal. En este cautiverio, los hombres concretos representamos el papel que la cultura patriarcal dominante nos ha reservado.

Los hombres viven la opresión del otro como algo natural, particularmente la opresión femenina, toda vez que la representación social imperante es la de la mujer sumisa sometida a su voluntad: “Naturalmente ¿qué podría impedírmelo? Tengo la fuerza y el derecho. Además tú me juraste obediencia ante un altar”.11 Entonces, es natural que los hombres en el patriarcado seamos misóginos, toda vez que, como los baruyas, nuestra cultura gira en torno a la opresión femenina.

¿Qué se puede hacer con la misoginia masculina, si es un papel que hay que representar para ser reconocido como hombre en el patriarcado? Desde luego, la respuesta a esta interrogante es rechazar ese papel misógino que los hombres tienen que representar como mandato. El problema es que los hombres pocas veces lo advierten. Se debe recordar que la realidad social se aprehende por medio de procesos intersubjetivos por los que se conoce y representa ese mundo y el mundo natural.

Cuando los hombres advierten la misoginia de las masculinidades patriarcales y buscan no representarla, las sanciones sociales y morales de otros hombres y mujeres son casi inmediatas. Los hombres concretos, en tanto que actores sociales que buscan el cambio, transforman y son transformados por esta realidad social que representan. De esta forma, la representación social se vincula con los procesos identitarios, toda vez que las representaciones sociales se relacionan directamente con los procesos de conformación, reproducción y transformación de la identidad individual y colectiva.

La representación social, desde su origen conceptual, se enfocó en el saber como producto de la experiencia y la cotidianidad, un saber de la doxa y no del conocimiento experto: el saber cotidiano del sujeto común. Moscovici reconoce el sentido común como el capital simbólico a partir del cual se arraiga, constituye y transforma la idea de lo real. De esta forma, se trata de un saber no experto que le permite a las personas interactuar de forma contextual y dinámica en la cotidianidad, reproduciendo un mandato social que refuerza la estructura del cautiverio en que viven.

Los hombres concretos representan y reviven, como los baruya en su rito de iniciación, la misoginia de la cultura patriarcal en la cual se reproducen. Las cosas no se definen para los sujetos por sus propiedades físicas, sino por sus aspectos vividos, sus predicados de valor y de acción. Estas son para él en tanto las percibe con el sentido que ellas tienen para su vida cotidiana.

Una masculinidad alternativa

En el Laboratorio de Masculinidades se busca reconocer que la feminidad oprimida es una constante en el patriarcado, y que hombres y mujeres la deben representar y revivir en la cotidianidad. En este sentido, se asume como una tarea pendiente y un escenario posible de deconstruir. Es preciso comprender que la reproducción ideológica y material de la sociedad patriarcal la hacemos hombres y mujeres de manera conjunta, por lo que es tarea conjunta desestructurar el pesado andamiaje con el cual el patriarcado oprime a hombres y mujeres por igual, por mucho que los hombres seamos los opresores de las mujeres.

En la búsqueda de la equidad de género, se requiere entender que este es un compromiso de mujeres y hombres; que solo en su reencuentro y reconocimiento como seres habrá posibilidad de construir un mundo cultural no condicionado por la misoginia del patriarcado.

La violencia que la sociedad produce hacia las mujeres mediante los hombres del patriarcado ha de ser superada; con este fin, es necesario el reencuentro del otro como nuestro par. La opresión femenina ha de ser deconstruida por las mujeres y los hombres que viven en la cultura misógina actual del patriarcado. No se trata de denunciar a las mujeres como reproductoras materiales y simbólicas de una feminidad oprimida. En esta tarea son obligadas y auxiliadas por los hombres concretos con los que conviven, por lo que unas y otros deben contribuir a la emancipación humana del patriarcado.

Es necesario, entonces, constituir una masculinidad alternativa, una que no se subsuma a la violencia de la masculinidad misógina del patriarcado.sLos hombres concretos requerimos deconstruir esta masculinidad misógina que representa y revive la opresión femenina como mandato cultural del ser hombre. Sin embargo, es una tarea que los hombres no podrán hacer solos; se requiere dialogar con las otras y los otros, en un diálogo crítico que, mediante el reconocimiento de las diferencias, posibilite la síntesis de una cultura más equitativa en la que se erradique la misoginia.

Ser hombre en una sociedad misógina y feminicida es una vergüenza profunda. La transformación de las masculinidades no es un trabajo individual sino colectivo; no de un individuo sino de una comunidad de seres sexuados pero no necesariamente opresores u oprimidos; unidad que ha de emanciparse del flagelo y la ignominia del patriarcado.

En busca de la compañía del otro se podrá pensar en una forma de encuentro que supere las relaciones enajenantes que hombres y mujeres reproducen, mantienen y viven en el patriarcado. Los hombres han de emanciparse de los cautiverios que conforman las masculinidades del patriarcado. En esa vía de masculinidades alternativas se precisa de relaciones de género diferentes, en las cuales el reconocimiento y la reexistencia de los otros sea simultáneamente un reencuentro de hombres y mujeres concretos emancipados de su cautiverio.

Notas

1 Marcela Lagarde, Los cautiverios de las mujeres. Madresposas, monjas, putas, presas y locas, UNAM, México DF, 2005.

2 Zygmunt Bauman, Ética posmoderna, Siglo XXI, México DF, 2005.

3 Rosario Castellanos, El eterno femenino, FCE, México DF, 1975.

4 Maurice Godelier, La producción de grandes hombres, Akal, Madrid, 2011, p. 115

5 Karl Marx, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1978. p. 1

6 Daniel Cazés (coord.), La perspectiva de género. Guía para diseñar, poner en marcha, dar seguimiento y evaluar proyectos de investigación y acciones públicas y civiles, UNAM-CEIICH/Conapo/Inmujeres, 2ª ed., México DF, 2005

7 Pierre Bourdieu, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción, Anagrama, Barcelona, 1997, p. 40.

8 Ibid., p. 64

9 Rosario Castellanos, El eterno femenino..., op. cit.

10 Por “contenido ideático” se debe entender la aproximación a la realidad que cada individuo realiza al apropiarse de las estructuras con las cuales interactúa en el contexto ambiental al que pertenece. Las representaciones sociales no constituyen lo real; son una aproximación a la realidad; la “realidad” se constituye mediante procesos intersubjetivos, a través de los cuales se conoce el mundo social y el “natural”

11 Rosario Castellanos, El eterno femenino..., op. cit., p.35

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