José Antonio Pichardo, un humanista del siglo xviii

José Antonio Pichardo, un humanista del siglo xviii

María de Lourdes Bejarano Almada


Para los estudiosos de los documentos pictográficos mesoamericanos, mejor conocidos como códices, y los historiadores de los actuales estados de Luisiana y Texas, en Estados Unidos, el nombre de José Antonio Pichardo les puede resultar familiar, aunque en su mayoría desconocen quién fue este personaje, ya que, como otros tantos, ha sido engullido por la historia.

Su biografía, tan escasa de datos, ha sido repetida hasta el cansancio por diversos autores que la han reproducido sin detenerse a realizar una pesquisa que les lleve a un conocimiento más certero de este humanista. Autores como Carlos E. Castañeda, Antonio García Cubas, Eugéne Boban y Juan Dubernard Chauveu determinaron que nació en Cuernavaca en 1748, repitiendo con ello lo mismo que José Mariano Beristáin de Souza escribió en su Biblioteca Hispano-Americana Septentrional (1819). Por su parte, José Toribio Medina, en su obra La imprenta en México, señala que nació el 13 de enero de 1732 sin dar mayor sustento a su aseveración.

Para determinar la fecha de nacimiento de José Antonio Pichardo debemos abordar primero la fecha en que contrajeron matrimonio sus padres, de quienes por cierto siempre se ha dicho que se ignoran sus nombres. Su padre, don Juan Joseph Pichardo, es reconocido como español lepero, hijo de Francisco Pichardo y Simona García, y su madre es identificada como doña Josepha, española, viuda de Manuel Ximenes, vecinos todos del pueblo de Xochitepec del Marquesado. La pareja contrajo nupcias en la pequeña iglesia de San Juan Evangelista del mencionado poblado el 30 de agosto de 1753, como quedó inscrito en su acta matrimonial.

Al año siguiente, como el propio oratoriano señala, fue bautizado en la ciudad de Cuernavaca, en la Parroquia del Sagrario, como consta en el archivo con fecha del 31 de enero de 1754, es decir, un año después de haberse casado sus padres. Los datos referentes a su fe de bautismo están anotados en el volumen 35, página 9v, y en ellos se indica que sus padres eran los mencionados Juan Joseph Pichardo y Josepha Linares, y sus padrinos Joseph Vallina y Ma. Antonia. Fue bautizado por fray Francisco Campos, con el nombre de Joseph Antonio Mariano Pichardo Linares.

El dato más exacto con relación a su fecha de nacimiento nos lo ofrece Luis Ávila Blancas, quien a través del acta de defunción original de Pichardo pudo fijar la fecha de su nacimiento en 1754, confrontando dicha información con el número de años que tenía al fallecer.

De sus primeros años sólo se cuenta con la propuesta de Carlos E. Castañeda, quien indica que no se sabe nada; sin embargo, Pichardo probablemente pasó su infancia en Xochitepec, ya que se cuenta con un registro parroquial de que su padre fungió como padrino de bautizo de una pequeña en 1750. Esto podría indicar algún tipo de arraigo con la comunidad, que pudiera comprobarse a través de dos cédulas de bautismo de la parroquia de 1775, firmadas por el fraile Antonio Pichardo, el cual contaría en ese momento con 21 años de edad.

Castañeda, siguiendo a Beristáin de Souza, señala que el padre Pichardo “hizo sus estudios en el antiguo Colegio de San Juan de Letrán, en el que más tarde llegó a ocupar la cátedra de latinidad y filosofía”. Lamentablemente no se ha localizado ningún documento que pruebe que realizó sus estudios en esa institución; sin embargo, el Colegio de San Juan de Letrán o Colegio para Mestizos abrió sus puertas en 1548, por iniciativa del virrey Antonio de Mendoza, y se sabe que algunos de sus alumnos mestizos profesaron con los franciscanos o los dominicos.

La parroquia de Xochitepec perteneció a la orden franciscana, por lo que se propone que el padre Pichardo estuvo en un inicio en esa congregación, ya que, como señala Luis Martín Cano, cuando llegaban al Oratorio de la Ciudad de México ya eran miembros de alguna orden religiosa.1 Además, tiempo después, como se verá más adelante, fungió como capellán de la Iglesia de Cuernavaca,2 de la orden franciscana.

Trece años después, el 31 de octubre de 1788, Pichardo pide a los señores Bergora, Prado y Pereda que lo nombren notario (revisor) y lo asignen al padre Manuel Bolea como comisario del Santo Oficio. A su petición, los fiscales proceden a preguntar a Bolea sobre la honorabilidad del aspirante, quien se expresa en los mejores términos del presbítero y lo acepta como su notario interino.

En 1789, ya como comisionado del Santo Oficio de la Inquisición, le toca juzgar un caso de herejía mixta en contra de María Gertrudis Camacho, quien era habitante del Real Hospicio de Pobres. Durante el proceso se le ordena a Pichardo dictar el castigo para todas las personas involucradas. En su informe se refleja parte de su personalidad bondadosa por la forma en que justifica las acciones de las involucradas. Cabe mencionar que Pichardo era además el capellán del hospicio donde se favorecía a niños y ancianos de ambos sexos y se atendían partos ocultos.

A partir de ese mismo año, y durante los siguientes veintitrés, fue presbítero del Oratorio de San Felipe Neri, en la Ciudad de México. En ese tiempo desempeñó diversos cargos dentro de la congregación: bibliotecario, maestro de novicios, maestro de ceremonias, diputado, secretario cronista y confesor extraordinario de las madres capuchinas.

Al hablar de Pichardo, Beristáin lo describe de la siguiente manera: “Fue eclesiástico de estudio incansable, de instrucción sólida, varia y amena, de ingenio varonil, de crítica acérrima y de memoria prodigiosa. Acopió para su uso á costa de la economía de sus cortas rentas una Librería de seis mil cuerpos ó volúmenes; y todos los leyó, y daba razón de todos muy circunstanciada. Tuvo conocimiento de las lenguas vivas principales de la Europa, y de muchas de la América: mucha inteligencia en la Lengua Griega y bastante de la Hebrea”.3

Obra de José Antonio Pichardo

Refiriéndose a esta biblioteca y a la obra de Pichardo, Carlos E. Castañeda, en el prólogo de la Vida y martirio del protomártir mexicano San Felipe de Jesús de las Casas, comenta que “por las obras que dejó en manuscrito se ve que el autor leyó con provecho todas las obras que componían su biblioteca. Las citas son frecuentes y no se concretan a escritores españoles, sino que incluyen a los mejores autores franceses, ingleses, italianos y holandeses”.4

Por su parte, Eugène Boban, en 1891, en su libro Documents pour servir a l’Histoire du Mexique, al presentar algunas notas biográficas sobre Pichardo retoma lo expuesto por Beristáin de Souza, y añade: “es uno de los más inteligentes escribanos que la América haya dado a luz. Él fue además un filólogo, sobresalió como lingüista”.5

Una de las virtudes que poseía el padre era su disposición para ayudar desinteresadamente a los estudiosos de la época. Entre los personajes con quienes mantuvo constante comunicación y a los cuales brindó su desinteresada asesoría se encuentra el jesuita Andrés Cavo, considerado uno de los principales humanistas del siglo xviii, quien contribuyó a la historia y la literatura novohispana y a quien Pichardo corrigió sus textos y sirvió como apoyo moral en su exilio.

Dentro de la correspondencia que sostuvieron Pichardo y el padre Andrés Cavo vale la pena rescatar aquella en la que el jesuita hace referencia a códices originales que conservaba León y Gama y que Pichardo tuvo en su poder a la muerte de éste como su albacea testamentario, fideicomisario y tenedor de sus bienes, quedando así como heredero de todos sus documentos a los cuales dedicó más de diez años a su estudio.

Cavo escribió desde Roma a Pichardo, el 15 de febrero de 1803: “Suplico encarecidamente a vuestra reverencia oculte todos los monumentos que poseía León y Gama, como códigos, pinturas antiguas, etcétera; no sea que tengan la misma suerte que tantas presiosidades que se han traído de ese reyno a sepultarlas en los archivos de Madrid. Conozco que este encargo es inútil, pues vuestra reverencia, como único que llena el vacío de nuestro amigo, tendrá grande interés en conservarlos”.6

Menos de dos semanas después, el 1 de marzo de 1803, le vuelve a escribir: “Me tiene con cuidado el temor del enajenamiento de los códigos, pinturas y papeles que dejó nuestro amigo. Porque oigo que el Príncipe de la Paz [Manuel Godoy, ministro de Carlos vi] forma una rica librería que quiere adornar con cosas antiguas. Si a sus orejas llega la noticia de lo que el difunto poseía, es capaz de pedirlo, y carecería nuestra patria de tan preciosos monumentos. Vuestra reverencia que es el depositario de todo, en ese caso, me creo que dará copias, quedándose con los originales. Este mal es irremediable, pues parece que no se tira a otra cosa que a sacar de ese reino cuantos monumentos se descubriese de la grandeza y literatura de los antiguos mexicanos”.7

Pichardo envió en 1803 a Cavo, en Roma, “un ejemplar del suplemento de la Gazeta de Literatura de México de 1791 y otro de la Gazeta de México de 1785, este último con la noticia sobre las ruinas de El Tajín”.8 Con ello reconoció el trabajo arqueológico de Antonio Alzate en Xochicalco, siendo éste el primer sitio trabajado de manera científica en Mesoamérica.

Otro personaje al que apoyó con sus conocimientos fue fray Melchor de Talamantes, originalmente nombrado el 27 de enero de 1807 como encargado de determinar los límites entre las provincias de Luisiana y Texas. Como veremos más adelante, Talamantes fue destituido por involucrarse en cuestiones independentistas y Pichardo quedó en su lugar. En su momento Talamantes, sintiéndose amenazado por la erudición del oratoriano, le escribe una carta donde le señala que él es el comisionado para tal labor y le pide que ya no intervenga.9

Para 1804 se ubica a Pichardo en calidad de capellán de la iglesia de la Parroquia de Santa María de la Asunción, puesto que ocupó de manera provisional, del 31 de enero de 1804 al 25 de junio del mismo año.10 Asimismo, se cuenta con una carta que le envía el presbítero al doctor Domingo Hernandes [sic] sobre las medidas que se han tomado para el arreglo de la iglesia y los utensilios de la misa.11

Además de las traducciones de algunos documentos, sus trabajos de corte religioso son Elogio de S. Felipe Neri, pronunciado en el día de la Bendición solemne de la nueva Casa de Ejercicios Espirituales de México (1803); Vida y martirio del protomártir mexicano San Felipe de Jesús de las Casas. Religioso de hábito y orden de San Francisco de Manila, siendo ésta una de las más completas con las que se cuenta;12 Historia de Nuestra Sra. de los Remedios de México, que quedó incompleta; copia de un texto de Boturini en náhuatl y español titulado Coloquio de la aparición de la Virgen de Guadalupe;13 relación de sambenitos y tablitas de la catedral, y muchos sermones y varios opúsculos manuscritos en poder de José Vicente Sánchez, catedrático de Leyes de la Universidad de México. Además hizo el recuento puntual de las personas bautizadas en la catedral de México.

El trabajo de Pichardo como copista no tiene comparación, ya que se dio a la tarea de copiar en dos álbumes de papel europeo y encuadernados en pergamino los documentos pictográficos de la antigua colección de Boturini. Gracias a su trabajo, mucha de la información por él recopilada ha servido para el estudio de los documentos originales. Debido al estado de deterioro en que éstos se encuentran, estas copias resultan de gran utilidad para reconstruir la información perdida. Entre ellos se cuenta con las reproducciones de los códices En Cruz, Azcatitlan, Quinatzin, Aubin, Mexicanus, Historia Mexicana desde 1221 hasta 1594, Tira de Tepechpan, Tlotzin, Rueda Calendárica de Veitia, Cozcatzin, Calendario Circular de Valadés, Tonalamatl de Aubin, Mapa Sigüenza, entre otros. En la actualidad estas copias se encuentran en la Biblioteca Nacional de Francia (bnf) junto con los originales.

A ese mismo repositorio llegó en 1898 una copia realizada por Pichardo del Fragmento de la obra general sobre historia de los mexicanos, escrita en lengua náhuatl por Cristóbal del Castillo a fines del siglo xvi.14

Al parecer, Humboldt vio en la Casa Profesa de San Felipe Neri, en manos de Pichardo, la copia que había usado fray Juan de Torquemada del Memorial de la descripción de Tlaxcala, desaparecido en 1840 y perdido hasta la actualidad.15

Pichardo tradujo 34 de las fábulas de Esopo al náhuatl acompañadas de un texto en latín. Asimismo, cambió algunos de los animales y escenarios y los ubicó en un contexto americano, por ejemplo, el león por el ocelote, y modificó los títulos de las fábulas, como “Los gallos y la perdiz” por “Las guajolotas y un pájaro llamado perdiz”. De igual manera, escribió varias obras de teatro y copió diferentes manuscritos, como los Títulos de Tetzcotzinco, el Documento sobre la fundación de Cuernavaca y un fragmento de la <Leyenda de los Soles (304 bnf). También realizó un diccionario comentado de náhuatl-español (362bis bnf).

Algunos de los manuscritos originales de Pichardo resguardados en la bnf) son Las Noticias geográficas sobre Texas; Manuscritos relativos a la geografía del norte de México; Viaje a las dos Luisianas; Disertación de la Quivira, y Documentos de 11 provincias de México. En esta misma colección se ubican los Fragmentos de un catálogo comentado de manuscritos relativos a la Historia de México, muchos de los cuales, que según Boban poseía Pichardo, ya no se encuentran. En la Universidad de Austin se resguardan diversos escritos de Pichardo, como la Crónica de la Real e Insigne Universidad de México y la Disertación de la Quivira.

Luisiana y Texas

Debido a sus amplios conocimientos sobre historia y geografía de norteamérica, el gobierno superior de México comisionó en 1808 a Pichardo para que escribiera “sobre los límites de la Luisiana y la demarcación de los dominios españoles de la provincia de Tejas”, en lugar del padre Melchor de Talamantes, como ya se mencionó.

Su trabajo es completamente argumentativo, ya que su objeto es probar sus puntos de vista con referencia al asunto. Para ello cita extensamente a diferentes autores y señala que su manuscrito “ha sido compilado con palabras de otros más que mías, con el fin de que merezca más autoridad”.16

En cuanto al método histórico que sigue señala: “Me he esforzado siempre por dar pruebas de lo que digo y siguiendo a los geómetras, refiero lo que he comprobado ya o debo comprobar oportunamente; o casi cito los textos de los autores o los documentos sobre los cuales baso mi aserción. Mi trabajo ha resultado largo, pero he preferido que me llamen prolijo a ser oscuro por causa de la brevedad, o indigno de crédito debido a la debilidad de mis argumentos”.17

Gran parte del material documental sobre el septentrión novohispano que se encuentra en la bnf proviene de la biblioteca y colección de Pichardo, por lo que revela su forma de trabajar. Por ejemplo, en el documento 164 de ese repositorio se reúnen apuntes sobre los límites y extractos de periódicos de la época con información geográfica, política y militar sobre Texas y Luisiana, así como bocetos de distancias, localización de poblados, y cálculos de ubicación de ríos y misiones, según las jornadas de expediciones o de informes religiosos.18

Pichardo realizó una obra monumental al juntar y presentar datos históricos tan abundantes y de tal importancia sobre las regiones de Luisiana y Texas como los que se encuentran en su tratado de más de 5 126 folios (10 252 hojas). Para la realización de su trabajo utilizó, según describe él mismo, “muchas manos para la copia de papeles” y mucho dinero que constantemente pide que se le reponga.

Su tratado no es una crónica ni una fiel narración; su método le permitió citar fuentes y documentos originados en periodos diversos de la historia colonial. Tal método hace de su obra una referencia histórica de gran utilidad, ya que el autor ha podido emplear una enorme cantidad de fuentes documentales. Así, ningún hecho importante relacionado con Texas o Luisiana en el periodo anterior a 1811 ha quedado sin estudiar por el autor. También recurrió a obras de importancia secundaria, que incluyen alrededor de 340 títulos de libros, mapas, panfletos y manuscritos escritos antes de 1811.

En 1812, Pichardo entregó en la Secretaría del Virreinato un informe en el cual documentaba con pruebas fehacientes, desde su punto de vista, cuáles eran los verdaderos límites del reino, mostrando hasta dónde habían llegado en distintos momentos históricos las misiones de los franciscanos en Texas y Nuevo México, y la cantidad de indios bautizados y personas congregadas en diferentes puntos de esas provincias. Así podía sostener el argumento de que todas las tierras mencionadas en su informe eran territorio legítimo de la Corona Española. Los numerosos mapas, informes y padrones de población que recopiló en los archivos de Ciudad de México, Zacatecas y Querétaro —desde donde habían partido muchos franiscanos que acompañaron diversas expediciones y que se hicieron cargo de la doctrina de varias de las misiones— formaban parte del material que este erudito utilizó para su trabajo.19

El documento de Pichardo fue enviado a tres oficiales españoles. Uno de ellos, Narciso de Heredia, encargado de mandar la información a Estados Unidos, redactó un informe donde expuso los principios en controversia, sugiriendo las alternativas de la política sobre las cuales desde entonces se basó la conducta de España en la negociación. Aunque “se le olvidó” mencionar el nombre de Pichardo.

Uno de los documentos que Heredia envió a Estados Unidos fue un extracto del volumen 29 de los manuscritos de Pichardo, que contiene las cédulas reales con alguna relación con la cuestión de los límites, y que abarcan un periodo que comienza en 1678 y termina en 1790.

Francisco Martínez Pizarro fue el encargado de llevar los informes al ministro Onis, quien los llevó a Washington para comenzar la serie final de conferencias que condujeron al tratado Adams-Onis del 22 de febrero de 1819. Éste hizo una nueva serie de proposiciones al presidente Adams el 24 de octubre y Adams mandó siete días más tarde su oferta final. Estos dos documentos incluían el plan para fijar los límites de Luisiana y Texas en el río Sabinas, siguiendo la propuesta de Pichardo, con lo cual la controversia llegaba a su fin. Texas quedaba en posesión de España, como lo había establecido Pichardo.

Eugene C. Barker, de la Universidad de Texas, al referirse a la obra de Pichardo, indica que el oratoriano “cita y recoge extensamente de narraciones de exploradores franceses, ingleses y españoles, pero especialmente de los españoles. Su obra es por lo tanto una verdadera biblioteca de exploración, abreviada para acomodarse a su propósito”.20

Por su parte, el historiador Charles W. Hackett (1931), editor en inglés de la obra de Pichardo, escribió, refiriéndose a ésta, que es “una verdadera enciclopedia de la historia del área de Tejas-Luisiana” en el periodo de entre 1519 a 1811. Este mismo autor señala que “el Tratado de Pichardo […] sigue siendo una contribución a la vez monumental y fundamental para el periodo de casi 300 años de la historia de Tejas comprendida entre 1519 y 1811 —un periodo en el que Tejas realmente fue el premio de los imperios europeos contendientes.”21

La investigación sirvió para el propósito que fue concebida, aunque Pichardo no sobrevivió a ver sus resultados, ya que su salud se encontraba mermada, al igual que su economía. Murió el 11 de noviembre de 1812. De acuerdo con su acta de defunción, murió de diarrea, en la fecha señalada a los “cincuenta y ocho años, nueve meses y dieciséis días de edad”.22

El legado de Pichardo

Mostrar el legado de un personaje en unas cuantas páginas siempre resulta complejo. Transmitir su carácter y determinación en las empresas que realizó es aún más complicado. Pero contagiar la admiración por un personaje que vivió hace dos centurias es algo aún más difícil.

Para toda persona, el juicio de la historia es implacable. Si a esto se añade que emprende muchos proyectos y realiza muchas cosas, las probabilidades de equivocarse aumentan y, por lo tanto, también las de estar sujetos a crítica. Es así que con la obra de Pichardo nos encontramos con aciertos y errores.

En relación a sus aportes en el campo religioso, sin ser expertos en la materia, podemos decir que el trabajo de investigación sobre la vida de San Felipe de Jesús es sobresaliente, aunque desgraciadamente no lo terminó por realizar la pesquisa de Luisiana y Texas. En cuanto a los listados que realizó de los sambenitos, como ya se dijo, aunque tienen omisiones son importantes, ya que registran los nombres de las tablillas que se localizaban en la Catedral Metropolitana y que desaparecieron con el tiempo. Otras obras pías quedaron inconclusas y por ello recibe una fuerte crítica del padre Cuevas; pero consideramos que esto muestra en parte la personalidad de Pichardo, que por su formación de investigador trataba de abarcar varios frentes a la vez y profundizar al máximo en ellos, dejando así algunos sin terminar por falta de tiempo.

Pudiera decirse que su participación en la delimitación de la frontera entre Luisiana y Texas comenzó de manera fortuita; sin embargo, como ya se relató, desde el comienzo de la investigación de Talamantes el presbítero tuvo una importante presencia. El documento final que presentó muestra su carácter metódico, sistemático, persistente e incansable que, al parecer, caracterizó todos los actos de su vida. Se dice fácil pero su propuesta, sustentada en un gran estudio de fuentes de primera mano, fueron determinantes para el fin de un conflicto internacional y el establecimiento de una frontera que permanece hasta el día de hoy.

Las reproducciones que Pichardo recreó de los manuscritos pictográficos mesoamericanos son una fuente invaluable para los estudiosos de los códices. Si bien es cierto que éstas no tienen en algunas ocasiones la perfección gráfica de los documentos originales, en ellas están registrados todos los elementos que en ellos aparecen. En las glosas su registro no es constante, pues se encuentra que en algunos escritos están anotadas en su totalidad y en otros se carece de ellas. En algunos documentos cambió el orden de las láminas con relación al documento original siguiendo una lógica histórica.

Si su trabajo como copista de documentos pictográficos es enorme, también lo es su trabajo como reproductor de textos que abarcan diversas temáticas. Documentos en náhuatl, fundacionales, de personajes, notas de localidades, minas, versos, diccionarios e investigaciones de las poblaciones norteñas son algunos de los temas tratados. Las fábulas de Esopo con su traducción al náhuatl resultan por demás interesantes. Su vocabulario español-náhuatl, según el diccionario de Molina, para servir a la historia de Nuestra Señora de Guadalupe, es único en su tipo. Y, junto con los dos fragmentos de diccionarios en español-náhuatl y náhuatl-español, respectivamente, muestran su interés lingüístico en la lengua indígena que, al parecer, dominaba. También se sabe que escribió algunos cuentos y que hablaba varias lenguas, entre ellas, el griego, hebreo, francés y, posiblemente, holandés, entre otros.

Finalmente, no se puede olvidar su trabajo dentro del Oratorio de San Felipe Neri durante veintitrés años, realizando diversas actividades como bibliotecario, cronista, maestro de ceremonias y de novicios; o su trabajo como notario interino de la Santa Inquisición o como confesor extraordinario de las Madres Capuchinas, capellán de la Iglesia de Cuernavaca y capellán del Real Hospicio de Pobres.

Cabría preguntarse cómo pudo realizar tanto en sólo cincuenta y cuatro años de vida y con su salud mermada hasta un punto extraordinario. Consideramos que la respuesta es su tenacidad y deseo por saber cada día algo nuevo e indagar en ello hasta agotar la información. Por eso creemos que es un ejemplo a seguir. Todavía queda mucho en el tintero, falta mucho por investigar, descubrir y trasmitir. La obra de Pichardo abre una infinidad de tópicos por trabajar que se encuentran esperando a que alguien desee investigar sobre ellos.



Investigadora independiente


Notas

1 Comunicación personal.

2 Parroquia del Sagrario de Cuernavaca, conocida como Sagrario de Guadalupe u Oratorio de Guadalupe.

3 José Mariano Beristáin de Souza, Biblioteca Hispano-Americana Septentrional ó Catálogo y noticia de los literatos, que ó nacidos, ó educados, ó florecientes en la América Septentrional española, han dado á luz algún escrito, ó lo han dexado preparado para la prensa, unam/iedh (Biblioteca del Claustro, Serie Facsimilar 2), México df, 1981 [1816], pp. 476-477.

4 José Antonio Pichardo, Vida y martirio del protomártir mexicano San Felipe de Jesús de las Casas, Guadalajara, Tip. y Lit. Fco. Loreto y Diéguez Sucr. México, 1934, p. vi.

5 Eugène Boban, Documents pour servir a l’Histoire du Mexique, Ernest Leroux Editeur, París, 1891, p. 241.

6 Ernesto de la Torre, Nuevos testimonios históricos guadalupanos, vol. 1, fce, México df, 2007, p. 122.

7 Idem.

8 Leonardo López Luján, “Los primeros pasos de un largo trayecto: la ilustración de tema arqueológico en la Nueva España en el siglo xviii”, discurso de recepción a la Academia Mexicana de la Historia, Correspondiente de la Real de Madrid, España, 7 de septiembre de 2010, Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, t. li”, 2010, pp. 203-263.

9 agn, vol. 541, fs. 67-71.

10 Se toma la primera fecha como el inicio de su estancia en Cuernavaca, ya que en el libro del Archivo Parroquial de Bautismos de Indios —que abarca desde el 23 de abril de 1794 hasta finales de 1805— aparece Pichardo por primera vez como “cura encargado” que bautizó a un niño de tres días de nacido, hijo de padres indios, al cual bautizó con el nombre de José Francisco. En cuanto a la segunda fecha, se toma como la fecha en que aparece registrado su nombre en el Libro de Bautizos, en este caso como “Presbítero de la Congregación de San Felipe Neri cura encargado de esta Santísima Yglesia Parroquial de Cuernavaca”, como responsable del bautizo de una niña de cuatro días de nacida a la que llamó Luisa María, siendo sus padres indios de Ocotepec. Cfr. Archivo Parroquial de Bautismos de Indios, agn, N. 7, libro 49, fol. 221.

11 agn, 8229/25, Indiferente Virreinal, caja 3150, exp. 025 (Templos y Conventos), 1804.

12 Actualmente los textos se localizan en la Colección Latinoamericana de la Universidad de Texas en Austin.

13 Ascensión Hernández de León-Portilla, Tepuztlahcuilolli, impresos en náhuatl: historia y bibliografía, vol. 2, unam, México df, 1988, pp. 163-170.

14 Esta obra se custodiaba en el Colegio de los Jesuitas de Tepotzotlán y la conoció León y Gama por una copia. La copia de Pichardo llegó a la bnf en 1808 (Ms. Mex. 305, fol. 77 fte.). Cfr. Manuel Carrera Stampa, “Historiadores indígenas y mestizos novohispanos. Siglos xvi-xvii”, Revista Española de Antropología Americana, vol. 6, 1971, p. 216.

15 Ibid., p. 209.

16 José Antonio Pichardo, “Introducción”, Informe sobre los límites de Luisiana y Texas, 1812, s/f.

17 Idem.

18 Brígida von Mentz, Manuscrito 164. Reporte sobre el trabajo del padre Pichardo presentado a los fiscales de la Real Hacienda en 1812, ciesas/conacyt/bnf, Proyecto Amoxcalli, México df/París, 2009.

19 Idem.

20 Eugene C. Barker en Hackett Charles Wilson, Pichardo’s Treatise on the Limits of Louisiana and Texas an argumentative historical treatise with reference to the verification of the true limits of the provinces of Louisiana and Texas; written by father José Antonio Pichardo, of the Congregation of the Oratory of San Felipe Neri, to disprove the claim of the United States that Texas was included in the Louisiana purchase of 1803, The University of Texas Press, Austin, 1931, pp. 470-471.

21 Ibid., p. 471.

22 Luis Ávila Blancas, Bio-bibliografía de la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri de la Ciudad de México. Siglos xvii-xxi, Imprenta Hidalgo, Querétaro, 2008, p. 240.

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